Visitando el Peñol de Guatapé

En enero del 2011 cuando visité Medellín aproveché para hacer una escapada hasta un pueblo situado a 80 kms llamado Guatapé. Sinceramente no recuerdo como salió la idea pero si que la principal atracción del lugar es la Piedra del Peñol (o Peñon según quien lo escriba). Fui de pura ignorancia pero cuando me enteré lo que involucraba la bendita piedra ya era demasiado tarde, estaba ahí.

Ese sábado me levanté temprano y fui para la terminal de micros para tomar el que me llevaría hasta Guatapé. El día había amanecido lindo y con un clima agradable, característico de Medellín. Después de casi 20 minutos de viaje en taxi llegué a la terminal de transportes norte (también existe una sur) que es realmente impresionante lo grande que es: tiene 4 niveles y es muy fácil perderte y ni te cuento si tu micro sale de una punta y vos estás en la otra y tenes poco tiempo para llegar, un verdadero caos.

El mini micro (no aplica el término micro ni el de combi, era algo intermedio que allá le llaman buseta) salió mas o menos a las 8 de la mañana y la verdad que hasta que dejaste atrás la zona urbana es un dolor de h*evos porque el tráfico es tremendo pero bueno, una vez que empezas a salir del valle en el que se encuentra la ciudad todo se hace más rápido y tenes vistas como estas:

Como estaba cansado aproveché para cerrar un rato los ojos ya que el camino de montaña hace que esos 80 kms, que en camino de llanura se pueden hacer en 1 hora, se dupliquen, como mínimo. Cuando me desperté faltaba poco para llegar y  las nubes habían acaparado el cielo y caía una llovizna un poco molesta. Por suerte fue solo por 10 minutos y después volvió a salir el sol.

De repente en el paisaje veo algo que me llama un poco la atención porque sobresalía y por su forma: era la famosa Piedra del Peñol. Ahí fue cuando se me vino el mundo abajo y empecé a reflexionar si era una buena idea lo que estaba haciendo: yo sabía que para llegar a la cima había que caminar pero ¡no esa altura!.

El mini micro no tenía parada en la piedra así que seguimos camino hasta Guatapé que está a no más de 10 minutos y recién ahí pude bajar. A todo esto creo que ya eran como las 10 de la mañana. Recorrimos un rato y descubrí un pueblo muy bonito, de menos de 8.000 habitantes, conocido como “el pueblo de los zócalos” ya que casi todas las casas del lugar tiene los zócalos con decoraciones tales como aves, animales y otros diseños. Obviamente que para que sean vistos, los mismos son casi del tamaño de una baldosa grande.

Llegando a Guatapé.

¿Ven el por qué de la denominación “pueblo de los zócalos”?

Más zócalos.

Y más zócalos.

Plaza principal.

Fachada de la iglesia enfrente a la plaza.

Hay un embalse donde se puede andar en botes y hacer algunos deportes. Es un lindo lugar pero calculo que solo para pasar un fin de semana, ya después el las ofertas de diversión empiezan a mermar y te morís de angustia.

Después de recorrer un buen rato era hora de ir hacia la razón por la cual estaba acá. Como caminar no estaba entre las opciones dado que eran unos kms, la única opción que quedaba era ir en taxi pero al llegar a la plaza principal se presentó una gran oportunidad y mucho más económica: ir en motochiva. Ya se, es una palabra muy graciosa y es inevitable reirte cada vez que la escuchas por primera vez pero nos sacó de apuro. Creo que pagué algo así como 6.ooo pesos colombianos por motochiva (cada una lleva 2 pasajeros o sea podría quedar en 3.000 por persona si vas con alguien) contra los 10.000 que salía por persona el taxi. Era negocio, ¿no?

Fue el viaje más adrenalínico que hice en mi vida, ir en esas cosas a unos 60 kms/h con un conductor temerario y dispuesto a quebrar toda ley de transito, y de la física, que se le cruzase en su camino. De todas formas, la pasé bien y me cagué mucho de la risa. Fue como estar en el sudeste asiático, ya que allá es muy común este tipo de transporte, pero sin tanto viaje.

El paisaje es muy lindo a medida que vas llegando a destino.

Después de 10 minutos finalmente llegamos y ahí es cuando se venía lo más difícil del día.

Imponente.

La Piedra del Peñol es un monolito de 220 metros de altura cuya única forma de subirlo es por una escalera que se construyó a un costado, la cual es muy empinada así que subirla es todo un reto.  El otra gran problema era que estábamos a poco más de 2.100 mts. sobre el nivel del mar así que la falta de aire (la del estado físico la damos por descontada, ¿no?) iba a hacer las cosas un poco más complicadas. De todas formas ya estaba ahí, no íba a echarme para atrás, ¿no?

La entrada no recuerdo exactamente pero creo costaba 3.000 pesos así que una vez adentro, derecho para la escalera. Vale aclarar que la base de la piedra está elevada, no recuerdo los metros sobre los alrededores, así que las vistas empezaban a ser geniales ni bien empezabas a subir un poco.

Vista ni bien empezas a subir las escaleras.

En el medio hay un pequeño descanso, el cual obviamente fue utilizado, pero me sorprende que no hayan construido más en el camino porque no les miento si les digo que a partir de 3/4 del mismo pensas que en cualquier momento viene la parca a llevarte.

Foto desde el descanso.

Calculo que después de 40 minutos (que parecieron 3 horas) llegamos a la cima y como sera que terminé que estuve como 15 minutos sentado tratando de recuperar el aire hasta que finalmente pude disfrutar de la zarpada vista que se tiene desde ahí hacia toda la zona de la represa y el embalse que se encuentran en los alrededores.

Guatapé a la distancia.

Todo  muy lindo pero después de media hora ahí arriba, y siendo ya más de la 1 del mediodía, el hambre se hizo presente así que había que bajar. ¡Después de lo que había costado, había que bajar! Por suerte, como es sabido la bajada es mucho más fácil así que a los 20 minutos ya estaba de vuelta en la base yendo a un restaurant que estaba ahí y que ofrecía comida típica del lugar (la bandeja paisa estaba buenísima) Hasta para comer tenías buenas vista ahí.

Ya eran casi las 4 de la tarde y había que volver así que caminé poco más de 1 km hasta la ruta por donde pasaría el micro que me llevaría de vuelta para Medellín.

Hasta luego “piedrita”. Fue un placer.

A los 5 minutos de llegar a la parada ya estaba en mi asiento. El cansancio estaba haciendo estragos en mis piernas, solo quería llegar al hostel, bañarme y dormir toda la noche. Casi 2 horas después llegamos a la terminal.  De repente salió la idea de ir directo desde ahí a la Hacienda Napoles y como era en ese momento o nunca, arranqué, dejando de lados los dulces planes que tenía para esa noche. Me esperaban unas 36 horas larguísimas.

 

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