A 33 años del bautismo de fuego de la Fuerza Aérea.

Por lo general la Guerra de Malvinas se asocia mayormente a 2 fechas significativas: el 2 de abril y el 14 de junio. La primera porque es el desembarco y recuperación momentánea de las islas y la segunda porque es la fecha de la rendición del ejército argentina. Pero hay una que no es tan “conocida” pero que tiene una importancia bastante grande: el 1ro de mayo.

Esta fecha, conocida mundialmente por ser el Día del Trabajador, razón por la cual para la gran mayoría hoy es feriado, fue un antes y un después para la Fuerza Aérea Argentina, ya que fue ese día se llevó a cabo el Bautismo de Fuego de la Fuerza, que no es ni más ni menos que entrar en combate por primera vez en su historia.

Púcara en exposición en el Museo Nacional de Aeronáutica.

El primer vuelo fue realizado por una sección de M-5 Dagger al mando del Capitan Carlos Moreno y el Teniendo Ricardo Volponi, quien lamentablemente falleciera 22 días después al ser derribado volviendo de una misión. El vuelo, cuyo indicativo era “Toro” despegó de Río Grande y al llegar a las Islas hicieron contacto con una Patrulla Aérea de Combate (PAC) conformada por 2 Sea Harrier. No entraron en combate pero fue la primera misión de la Fuerza Aérea. Los M-5 aterrizaron 2 horas después sin novedades.

Mirage en el Museo Nacional de Aeronautica.

Ese día perdieron su vida 14 integrantes de la fuerza:

  • Capitan D. Gustavo Argentino García Cueva.
  • 1er Teniente D. Mario Hipólito Gonzalez.
  • 1er Teniente D. Jose Leonidas Ardiles.
  • Teniente D. Daniel Antonio Jukic
  • Teniente D. Eduardo Jorge Raúl de Ibañez.

Todos estos eran pilotos cuyos aviones fueron derribados, a excepción del avión del Teniente Jukic quien fue alcanzado por fuego enemigo cuando se disponía a despegar de la pista de la BAM Condor que se encontraba en Puerto Argentino. Otra caída un poco desafortunada fue la del Capitan García Cueva quien fue derribado por la artillería argentina en un confuso episodio.

Y luego estaba el personal de tierra que murió cuando durante el ataque a la BAM Condor:

  • Cabo Principal Mario Duarte.
  • Cabo Principal Juan Antonio Rodriguez.
  • Cabo 1ro Miguel Angel Carrizo.
  • Cabo 1ro José Alberto Maldonado.
  • Cabo 1ro Jose Luis Peralta.
  • Cabo 1ro Agustín Hugo Montaño.
  • Cabo 1ro Andrés Luis Brahsich.
  • Cabo Clase 62 Guillermo Ubaldo García.
  • Cabo Clase 62 Hector Ramon Bordón.

Hace unos meses tuve la suerte de realizar un pseudo reportaje al Comodoro (RE) Pablo Carballo, un verdadero héroe de Malvinas, y aunque fue escueto, en sus palabras se nota la esencia de todos aquellos que volaron en la guerra, aún sabiendo que muy posiblemente no volvieran con vida pero sin importarles ya que estaban dispuestos a cumplir con su promesa de defender a la patria hasta la muerte. Gente que lamentablemente no tiene el reconocimiento que se merecen y que han sido condenados casi al olvido por la mayor parte de la sociedad, me atrevería a decir que por ignorancia y no a propósito. Por suerte hay gente que tiene bien presente a esta gente y siente orgullo por ella.

Todas las aeronaves que prestaron servicios durante la guerra.

Para cerrar este pequeño homenaje quería compartir una historia sacada del libro de Carballo en la cual se resumen el valor, el coraje, el miedo, la suerte pero por sobre todas las cosas, la camaradería.

Los hechos ocurrieron el 13 de junio, un día antes del final de la guerra y su principal actor fue el Alférez Dellepiane, piloto de A4-B cuyo indicativo era Piano.

Luego de llevar a cabo el ataque planificado para su escuadrilla al virar para volver al continente se dio cuenta que tenía la mitad del combustible necesario para llegar hasta el avión reabastecedor. Esta fue su experiencia:

Un proyectil le había perforado el tanque, y tenía sólo 2000 libras. Precisaba más del doble para alcanzar la posición de “La Chancha”. Pero no pensaba en ese momento crucial en llegar a ningún lado sino en escapar del acoso de los Harriers. Se desprendió entonces de los portamisiles y siguió volando un trecho pidiéndole al radar de Malvinas que le dijera, sin tecnicismos y con precisión, dónde estaban sus verdugos. Los Harriers volaban a una distancia considerable, así que ya sobre el norte del estrecho San Carlos dudó sobre si debía eyectarse en la isla o tratar de llegar al Hércules. Sus maestros, en las lecciones teóricas, le habían recomendado siempre que en una situación semejante intentara regresar. Eyectarse significaba perder el avión y caer prisionero. Cruzar significaba enfrentar el riesgo de no lograrlo y terminar en el mar. Si caía no podría sobrevivir más de quince minutos en las aguas heladas, y no había posibilidades operativas de que ninguna nave pudiera rescatarlo a tiempo.

Sus compañeros, por radio, trataban de darle consejos y sacarlo del dilema. Pero su jefe tronó: “Déjenlo a Piano que decida”. Y entonces Piano decidió. Salió a alta mar, se puso en la frecuencia del Hércules y comenzó a conversar con el piloto que lo comandaba. Dos hombres hicieron ese día caso omiso a las órdenes de los altos mandos: el piloto de “La Chancha” salió de su posición de protección, entró en la zona de peligro y avanzó a toda máquina al encuentro del A-4B de Piano , y un oficial de San Julián tuvo un arrebato, se subió a un helicóptero y se metió doscientas millas en el mar a buscarlo, un vuelo completamente irregular y arriesgado que no ayudaba pero que mostró el coraje suicida del piloto y la desesperación con que se seguía en tierra la suerte de aquel cazador herido de combustible que intentaba volver a casa.

El alférez escuchó “Vamos a buscarte” y trató de mantener el optimismo, pero el liquidómetro le indicaba a cada rato que no conseguiría salir vivo de aquel último viaje. “¿A qué distancia están?” -preguntaba cada tres minutos-. “¿A qué distancia están?” La radio se llenaba de voces: “Dale, pendejo, con fe, con fe que llegás”. El alférez sacaba cuentas sobre la cantidad de combustible, que se extinguía dramáticamente, y pronosticaba que se vendría abajo. Y sus oyentes redoblaban los gritos de aliento: “¡Tranquilo, pibe, con eso te alcanza y sobra!” Sabía que le estaban mintiendo. Cuando llegó a 200 libras se dio por perdido. De un momento a otro el motor se plantaría y se iría directamente al mar. Comida para peces. Cuando llegó a 150 libras recordó que eso equivalía, más o menos, a dos minutos de vuelo. “¡No me abandonen!” -los puteó, porque había silencio en la línea-. De repente el piloto del Hércules C-130 creyó verlo, pero era un compañero. Piano pasó de la euforia a la depresión en quince segundos.

No rezaba en esas instancias, sólo le venían relámpagos del recuerdo de su padre. El fantasma estaba dentro de aquella cabina, metido en sus auriculares. “Dame una mano, viejo”, le pedía guturalmente, con las cuerdas vocales y con los ventrículos del corazón.

El liquidómetro marcó entonces cero, y de pronto Piano escuchó que lo habían divisado y vio por fin a “La Chancha”. La vio cruzando el cielo, hacia la derecha y bien abajo. Le pidió al piloto que se pusiera en posición y se largó en picada sin forzar los motores, planeando hacia la canasta salvadora. Cuando la tuvo enfrente le dio máxima potencia con una lágrima de combustible en el tanque y al ponerse a tiro pulsó el freno de vuelo y metió la lanza. Todos atronaban de alegría en la radio y se abrazaban en tierra. Piano también gritaba, pero quería abastecerse rápido, retomar el control y regresar a San Julián por su propia cuenta. Pronto descubrieron que eso no era posible. Todo el combustible que entraba, pasaba al tanque y caía por el orificio. “Quedate enganchado”, le dijo el piloto del Hércules. No tenían alternativa. Volaron así acoplados el resto del camino, perdiendo combustible y con el riesgo de una explosión o de no llegar a tiempo.

Fue otra carrera dramática hasta que vieron el golfo y luego la base. Entonces el A-4B se desprendió y chorreando líquido letal buscó la pista. Piano intentó bajar el tren de aterrizaje pero la rueda de nariz se resistía. Estaba todo el personal de la base de San Julián esperando, y él dando vueltas, dejando estelas de combustible de avión y tratando de lograr que esa maldita rueda bajara. Finalmente bajó, y el alférez aterrizó, se desató rápido, se quitó el casco, saltó al asfalto y se alejó corriendo del enorme lago de combustible que se formaba a los pies del A-4B.

Escalofriante, ¿no? Imposible no leer esto y emocionarse y evitar que a uno se le hiele la sangre. Pensar que te estás arriesgando a cruzar el mar en busca de una reabastecedor que ni siquiera tenes la certeza de que lo vas a encontrar y por ende podes llegar a caer en las frías aguas del sur argentino es motivo de admiración y respeto por esa gente. Es por eso que no quería dejar pasar este día sin publicar algo en el blog al respecto.

Caídos-fuerza-aerea

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